Sunday, April 01, 2007

De cómo Sofío da muestras de grandes capacidades olfativas

(Capítulo Primero de la novela: La suprasensible y particularmente individual historia de Sofío Feliciasi)

—Me parece que tiene que levantar la nota mijito –dijo la maestra Mariela a su alumno Sofío, utilizando un leve, aunque inconfundible tono de ironía.

Sofío se agachó lo suficiente como para que sus manecillas de niño inocente alcanzaran el suelo y recogió el papel que se le había caído. Acto seguido, plegándolo cuidadosamente se lo guardó en uno de los bolsillos laterales del guardapolvos.

—Ya está –dijo–, ya la levanté.

—No me refiero a ese tipo de nota.

—¿A qué tipo se refiere entonces? –inquirió Sofío.

—Otro tipo. Ese, al que tú te has referido recién, dejó de tener importancia.

—Ah, bueno –dijo Sofío y tiró al piso la esquela.

—¡Levanta esa nota inmediatamente! –gritó la maestra y su alumno obedeció.

—No la entiendo miss Mariela –dijo Sofío tratando de disimular su mal humor–. Hace un rato me dijo que la nota no tenía importancia.

—No me has entendido, dije que «ese» tipo de asuntos no tiene importancia –contestó la docente y agarró a Sofío de los hombros en actitud desesperada–. Lo que a mí me importa son otros tipos, ¿me entiendes? ¡Otros tipos!

—¡Mariela! –gritó la profesora de Asuntos Internos, señorita Gibraltasia, que justo en esos momentos pasaba por allí realizando su ronda matutina para comprobar que todo estuviese en orden.

—¡Gibraltasia! –contestó al grito de su colega la maestra de Sofío–. Esto puedo explicártelo. No es lo que piensas.

—¿Te parece bonito andar ventilando tus asuntos con los tipos? –la docente de Asuntos Internos entró al aula blandiendo su regla reglamentaria que utilizaba para propinar reglazos a todos aquellos que alterasen el orden en la alta casa de estudios, Colegio San Rocco–. ¡Y encima a tus propios alumnos!

—¿Por qué pluralizas tanto? –quiso saber Mariela– ¿Por qué dices mis “propios alumnos” si en realidad tengo a uno sólo; Sofío? –y señaló al niño–. Los demás ya se fueron a sus casas, a este lo dejé después de hora.

—No tengo por qué contestarte eso, yo sólo respondo ante la Benemérita Profesora de Estudios Gramaticales. –Pronunció esto último con voz altiva.

—No viene al caso –dijo la maestra de Sofío–. Además yo no estoy ventilando nada.

Sofío, en forma muy disimulada se apartó de las docentes y llegó hasta una de las ventanas del salón. Con minuciosidad la abrió de par en par. “Ya que miss Mariela no quiere ventilar nada –pensó–, por lo menos yo voy a ventilar el salón. Algo huele mal en Dinamarca.

—¡Qué sentido del olfato tienes, Sofío! –exclamó Mariela como si hubiese leído el pensamiento de su alumno– Percibir los olores dinamarqueses desde aquí es algo fuera de lo común.

—¿Cómo supo que yo había olido... —quiso saber Sofío, pero no pudo terminar de formular la pregunta a causa de la más que inoportuna interrupción de la profesora de Asuntos Internos.

—¡Basta de cháchara! –dijo Gibraltasia– Esta vez has ido demasiado lejos Mariela, voy a tener que informar a mis superiores.

Y sin más, giró sobre sus talones y salió del aula.

—¡Gibraltasia nooo! –gritó Mariela y se fue tras su colega, dejando a su alumno completamente solo.

Entonces Sofío aprovechó para hacer las travesuras típicas de todo niño de su edad.

Primero se cercioró de que no hubiese nadie en los pasillos y luego fue al escritorio de la maestra y buscó su cartera. Cuando la encontró la abrió y extrajo de ella un teléfono celular y marcó la característica de Dinamarca y después un número de ocho cifras compuesto por dígitos completamente azarosos. Cuando atendieron, él preguntó si allí había algo que oliera mal (Sofío dominaba todo tipo de dialectos daneses). Le contestaron que en los últimos días se había congestionado el sistema de cloacas y también se hablaba de ciertos casos de corrupción que empañaban el prestigio de ese país pero que, más allá de eso, las cosas se desenvolvían con normalidad. Conforme con eso, Sofío cortó el teléfono y se puso a curiosear en la cartera de la maestra. Encontró una revista de crucigramas, una caja de pastillas para adelgazar y otra con anticonceptivos. Prolijamente intercambió el contenido de ambas cajas y las dejó en el mismo lugar de donde las había sacado. Como Mariela seguía sin aparecer, tomó un lápiz y, fijándose con atención en las soluciones, completó los juegos que traía la revista de crucigramas y hasta se dio el lujo de corregir dos respuestas erróneas que había puesto su maestra.

Diecisiete segundos después apareció Mariela cogida del brazo de la profesora de Asuntos Internos. Ambas se veían tranquilas y relajadas.

—Muy bien mijito –dijo Mariela–, ya puedes irte y no olvides entregarle la nota a tus padres.

—No señorita –contestó Sofío con la típica sonrisita de niño bueno. Un angelito de criatura.

Cuando se fue, Gibraltasia acarició la oreja derecha de Mariela y le dijo:

—Bien querida, ahora podemos continuar con lo nuestro.



Tuesday, January 23, 2007

Pérez Menardinho, autor de "Almacenero asaltado dos veces en un día"

Rechazando vetustos procedimientos textuales que simplemente se limitan a copiar imperfectamente retazos de una realidad aciaga, desanquilosando el arte literario, cautivo de meros estereotipos taciturnos; la producción de un joven poeta se erige en el firmamento de las nuevas letras vanguardistas. Xavier Joao Pérez Menardinho, oriundo de Boa Vista, acaba de sorprendernos con un nuevo poema de su autoría; “Almacenero asaltado dos veces en un día”.

Nosotros, quienes realizamos la revista de crítica cultural Vanguardia e Identidade, nos sentimos verdaderamente honrados al compartir una charla exclusiva —ya que ningún otro medio solicitó entrevista—, con el maestro. Después de concluir su cuarto libro de poemas, A gruta da garota, Pérez Menardinho se tomó un tiempo para nutrirse de los más frescos exponentes de la literatura contemporánea, y a estos, no los encontró en arcaicos volúmenes ocultos en polvorientas bibliotecas, ni en húmedas y desagradables librerías de viejo (nombre que anticipa lo único que se puede llegar a encontrar; vejez). Sino que por el contrario, nuestro joven poeta halló la fuente de inspiración, nada más ni nada menos que en periódicos informativos, en las populares gacetas que con igual ahínco nos informan sobre las peripecias gubernamentales y sobre los resultados de los encuentros futbolísticos. Luego de hacerse de varios ejemplares, Pérez Menardinho comenzó con su inigualable proceso de escritura.

—La realidad es unívoca —declara el joven poeta—, carente de sorpresas, mi visión artística le adiciona esa pizca de pasión que necesita para no convertirse en un simple y aburrido círculo de rutina.

Participante activo del movimiento vanguardista brasileño, Pérez Menardinho es uno de los precursores del “dadaísmo” en el territorio sudamericano. Bajo el ala del manifiesto redactado por Tristán Tzara, purgó una de las obras más originales de todos los tiempos.

“Almacenero asaltado dos veces en un día” fue confeccionado mediante la técnica del recorte de palabras de diarios, procedimiento de lo más trasgresor y a la vez, de lo más sofisticado.

—Tomé un periódico —nos contaba Pérez Menardinho—, tomé unas tijeras. Escogí en el periódico un artículo que tuviera la longitud que yo deseaba darle a mi poesía. Recorté el artículo. Recorté después con cuidado cada palabra que formaba ese artículo y las puse en un cartucho.

De pronto, el poeta dejó de hablar y clavó su vista en el atardecer que se mostraba en una de las ventanas, como dejando el silencio que se deja antes de anunciar una sentencia máxima. Finalmente, Pérez Menardinho suspiró y nos confesó:

—Las tijeras estaban desafiladas. ¡Me costó un horror cortar esas palabras! Pero lo cierto es que lo hice, sí señor. Y luego de colocarlas en el cartucho agité suavemente para luego abrirlo y sacar las palabras una tras otra, disponiéndolas en el orden en el que las había sacado, las copié concienzudamente... Y la poesía se apareció ante mí.

Pero aquí no termina la cuestión, no podemos dejar de advertir el importante papel que jugó el azar en la confección del poema. Pues, grande sería la sorpresa de Pérez Menardinho al descubrir que las palabras iban surgiendo, exactamente en el mismo orden que el artículo periodístico. De este modo, poesía e información confluyeron en dos enunciados idénticos pero diferentes.

Es una revelación cotejar el “Almacenero asaltado dos veces en un día” de Pérez Menardinho con el del anónimo cronista. Éste, por ejemplo, escribió:

“En la segunda ocasión, el maleante de veintisiete años se dio a la fuga llevándose consigo ciento veinte cruceiros, una caja de galletas de chocolate, dos latas de anchoas, un kilo y medio de jamón crudo y varios artículos de panificación.”

Redactado en forma apresurada y despreocupada, sin ningún criterio estético, el aburrido reportero da una simple enumeración de las cosas robadas. Menardinho, en cambio, escribe:

“En la segunda ocasión, el maleante de veintisiete años se dio a la fuga llevándose consigo ciento veinte cruceiros, una caja de galletas de chocolate, dos latas de anchoas, un kilo y medio de jamón crudo y varios artículos de panificación.”

¡La más sublime mirada a la situación de un desposeído que se ve obligado a delinquir para poder subsistir en una sociedad implacable!

Vaya a saber qué capricho del destino jugó en la elaboración de un poema para que las palabras coincidiesen en su totalidad y Pérez Menardinho se transformara en un escritor infinitamente original y dotado de una sensibilidad encantadora aunque, desde luego, sin lograr la comprensión de la gente vulgar.

Pero ese no fue el peor de los males, la gente vulgar no solo no lo comprendió, no se conformó con eso. También lo condenó y aplicando todo el rigor de la ley. Porque no fueron los chapuceros de siempre que se jactan de ser críticos literarios (¡Cínicos literarios a nuestro entender!), sino que el mismísimo poder judicial fue el encargado de dictaminarle la sentencia a nuestro escritor y héroe.

Y así, justamente en lo más interesante de su oratoria, un guardia entró a la sala de visitas de la cárcel estatal de Sao Pablo, donde el poeta dadaísta se haya recluido cumpliendo una condena de veinte años de prisión, luego de que la corte fallara a favor del periódico que lo acusó de plagio.

Sin poder permanecer más tiempo, le estrechamos la mano y nos retiramos, no sin antes dejarle un paquete de cigarrillos y un poco de yerba mate y sabiendo que, más allá de los barrotes, nosotros encontramos a Pérez Menardinho verdaderamente simpático.

Wednesday, January 03, 2007

Una vida perfectamente normal

En mi corazón se albergaba un sentimiento recíproco. Por un lado estaba Leticia a quien amaba con extremo frenesí y, por otro, la madre a quien aborrecía con el odio más despreciable que ser humano pudiera tener. A su vez ambas mujeres correspondían a mi sentimiento de la misma manera: Leticia me juraba que no podía vivir sin mí y la madre, cada vez que me veía, se lamentaba no tener a mano un matagatos o alguna piedra de tamaño mediano para arrojarme.

Como no podía ser de otra manera tomé la mejor de las decisiones. Después de visitar durante años a Leticia, me casé con su madre y llevé a las dos mujeres a vivir conmigo. Así, durante el día, castigaba duramente a mi esposa y por las noches me metía en la alcoba de mi hijastra para satisfacer mis deseos más lujuriosos.

No podía echar a perder una ambigüedad tan intensa como la de Leticia y su madre, pues ésta me proporcionaba los extremos necesarios que precisa todo hombre equilibrado que se precie de tal.

Thursday, November 16, 2006

Del AMOR al ODIO en sólo ocho pasos


AMOR
AMAR
AMAN
AMEN
AREN
OREN
ORÍN
ODÍN
ODIO

Thursday, November 09, 2006

La llave maestra

La llave maestra

—Bueno niños –dijo la llave maestra–, hoy vamos a repasar lo de la clase anterior, es decir, los números primos.

Todos los alumnos sacaron su libro de Matemática y lo abrieron en la página cincuenta y cuatro.

—Veamos... –titubeó la llave maestra mirando de un extremo a otro del salón–. A ver, a ver... A ver Cerradura, ¿qué me puede decir de ellos?

—Y... –Cerradura pensó unos instantes antes de dar su respuesta–. Que sus padres son los números tíos.

—¡Muy bien! –elogió la llave maestra–. ¿Y los demás?

—Sus tíos son los números padres –Dijo Picaporte, la niña más aplicada del curso.

—¡Los números primos son hermanos entre sí y primos de los números hijos! –exclamó Portal, el más gordito.

—Son los números sobrinos de los números padres –acotó Ventanilla, la más prolija.

—Uno de los números cuñados sale con la más chica de ellos –informó Mirilla, la más chismosa de la clase.

—¡Muy bien chicos, muy bien! Los felicito. –la llave maestra se deshacía en elogios– ¿Y usté Puerta, que no abrió la boca para nada, qué sabe de los números primos?

—Son los números divisibles únicamente por uno y por sí mismos –contestó Puerta, el más callado del grado.

—Humm... Esa respuesta me parece un tanto metafísica. ¿Podría decirlo con sus propias palabras?

Acto seguido Puerta habló en un idioma de su invención y utilizó palabras completamente de su autoría.

—Así me gusta –le dijo la llave maestra–. Tiene diez.

—Sí señorita, pero mañana cumplo once.

Tuesday, October 31, 2006

FE DE ERRATAS

Lamentablemente, y a pesar de continuas revisiones, he comprobado que en mi versión del relato de Borges se han infiltrado dos abominables graves palabras. A continuación hago las aclaraciones pertinentes.
  • En el tercer párrafo, en la última oración, en donde dice
"Allí jamás medité en tal institución del azar; hoy, lejos de la ciudad, se me dio por pensar."

Debe leerse:
"Allí jamás medité en tal institución del azar; hoy, que ya no estoy más, se me dio por pensar"

  • En el último párrafo, en donde dice:

"Está la conclusión que planteó una Sociedad que, a pesar de tener la totalidad del poder, únicamente decidió influir en lo minúsculo; en el cantar de un pájaro, en el transitar de un ómnibus, en la luz del sol al amanecer."

Debe leerse:

"Está la conclusión que planteó que la Sociedad, a pesar de tener la totalidad del poder, únicamente decidió influir en lo minúsculo; en el cantar de un pájaro, en el transitar de un ómnibus, en la luz del sol al amanecer."

Eso es todo, creo, si descubren alguna otra "gravedad", por favor avisen.

Tuesday, October 24, 2006

La tómbola en la ciudad babilónica

Antigravedad. Así defino yo a un modesto modo de escritura que acabo de crear. La cuestión es simple. Se trata de escribir un texto coherente y cohesivo sin utilizar palabras graves que son las que más abundan en el español. A continuación le muestro el primero de mis engendros, se trata de una reversión del cuento de Borges, "La lotería de Babilonia". Lean nomás y dejen comentarios de cualquier índole.

La tómbola en la ciudad babilónica

Al igual que cualquier mortal de la ciudad babilónica, fui rey y fui peón. Fui Gardel, fui ratón. Fui bacán, fui buchón. Fui sultán, fui botón. Fui pachá y bufarrón. Conocí las cárceles y el desamor. También fui mujer. Total, acá da igual. Podés ser animal, zapallón, o a lo mejor un gran profesor. (Discépollo lo corroboró). Mirá, me corté un índice, ¿y qué? Mirá, me tatué en el estómago, en la zapán, el símbolo Beth y la verdad no entendí por qué. Ni te sé decir que es el Beth, ni el Aleph. Nomás fingí entender y así parecer más fifí. ¡Ah! Mas conocí lo que ningún filósofo helénico va a conocer jamás (ni en el más allá): el no saber, el ignorar. Yo aprendí a dudar.

Cambiar fue mi religión. Fui católico, musulmán, mormón. Recé el Corán, leí la Torah, reflexioné en el Talmud. Adoré a Jehová, a Alá y a Jesús. Aclamé a Hipólito, me enchastré los pies por Perón. Después me militaricé y desaparecí. Luché por mi nación, también la ataqué. Comí, me curé y eduqué con Alfonsín (mas me inflé). Me privaticé. Me ajusté. Me ajusté más.

Te voy a contar el por qué de mi situación de fluctuar y fluctuar. Yo viví (ya no), en la ciudad babilónica, que, cual gran kermés, se dedicó a ejercer el control a partir de la tómbola. No me calenté por conocer su fundamentación histórica. No sé con qué fin está. Mas, en mi nación, la tómbola es la principal realidad. Allí jamás medité en tal institución del azar; hoy, lejos de la ciudad, se me dio por pensar.

Mi papá me contó que la situación inicial no fue de éxito. Comenzó cual típica diversión de chantún. Me refirió, no sé si con verdad, que el cupón pa’ jugar comenzó vendiéndose en el lugar en el que, por lo común, te vas a rapar. El ganador beneficiábase, sin más corroboración del azar, un simpático dineral. El proceder fue elemental, ya lo ves.

Y así fue que tal tómbola fracasó. Su virtud moral no existió. No se dirigió a la total facultad del mortal, únicamente a su fe de poder triunfar. La sociedad que fundó la tómbola comenzó a perder parné. A fin de revertir tal situación, se optó por variar un poquitín. Se adicionó a la satisfacción de ganar, el garrón de perder. Consistió en proponer en el sortear, la posibilidad de pagar en vez de recibir. Sacar diez números de favor y un número fatídico. Así, el interés del público se despertó y hoy, ya son fanáticos de la tómbola. “Si querés venir a vivir a la ciudad babilónica, ¡tenés que comprar un cartón y jugar a la tómbola! Te saldrá un doblón o a lo mejor tres; con símbolos numéricos, grafemáticos o de los dos. Ya sabés, podés ganar o no, mas te divertís un montón.”, se cantó en la publicidad radial. En mi nación, no jugar fue fatal; fue de maricón, de pusilánime, de cagón. Después, tal desdén se duplicó: se despreció al no jugador, y también al perdedor. “Si pagás sos un boludón”, se gritó por allí. La Sociedad debió velar por el ganador a quien impedíasele cobrar si en primer lugar el perdedor absteníase de abonar. El juez condenó a poner el vil metal o ir a parar a las cárceles por querer pasar por gil y simular olvidar la obligación de garpar. Mas, el que comíase el garrón de sacar el número fatídico prefirió la prisión a largar el gomán, con el fin de joder al regulador de la tómbola. Así nació el todopoder de la Sociedad: su valor eclesiástico, metafísico.

Al final, se dejó prácticamente de publicar la enumeración del capital a pagar y se pasó a dar a conocer, así nomás, el período a pasar en el buzón por poseer números de adversidad. Lo que en primer lugar no se advirtió fue importantísimo; fue la aparción inicial en la tómbola de fenómenos con excepción de cash. El éxito; espectacular. La población se copó y pidió más. La Sociedad se vio con la obligación de tener que aumentar la proporción fatal.

Cualquier pelandrún ha de saber que los de la ciudad babilónica son fanáticos de la lógica, aun de lo simétrico, y tomó cual estupidez cobrar o parar a prisión únicamente por sacar un número. Una confraternidad moral razonó que poseer un dineral no ha de implicar felicidad en cualquier ocasión. “¡Más mejor es tener salud, amor o los dos!”, clamó.

La inquietud también cundió en el arrabal. El ricachón podíase divertir con la tómbola; el pobretón, the small black head, únicamente ver y soportar la exclusión. Tal cuestión inspiró la mayor agitación que vivió la ciudad babilónica. Se pidió la libertad de participación en la tómbola. Un cusifai se afanó un cupón y en el sortear le tocó pasar un mes en el buzón. La ley fue idéntica: “Guardar un mes en prisión al ladrón de un cartón.” La parcialidad babilónica fanática de lo legal exclamó que al ladrón se debió castigar por robar. Los demás, magnánimos, por la simplísima actividad del azar. Igual, el chabón se jodió. La mayor multitud que se vio jamás se movilizó. Se repartió algún biandún, se camorreó, se amasijó a un pelandrún con berretín de bacán y a un botón, buchón de la patronal. Mas, la población logró imponer su voluntad y se consiguió con plenitud tan democrático fin. En primer término se logró la aceptación de la Sociedad de tomar el poder público, al igual que Juan Manuel, el Restaurador. (En realidad tal unificación fue de necesidad, por la complejidad y vastedad de lo que veíase venir). Después se logró también constituir una tómbola que dejó de cobrar, secretísima y general. No se vendió más el cupón. Así, cualquier cusifai entró a participar automáticamente en el sortear de la tómbola, que se realizó en el laberíntico lugar del dios Bel.

Utópico fue pretender calcular lo que determinó la tómbola en su devenir. Según el azar, se posibilitó acceder a gozar cualquier placer. Qué sé yo; comer con Marechal en lo de Arcángelo, lograr que te encamés con la Libertad Leblanc, salir campeón con Lamadrid en la B, etcétera. Mas la adversidad no faltó. Con la tómbola, además, se presentó la posibilidad de padecer dolor, humillación, rencor, eyaculación precoz. Capaz que un acontecer en particular –elevar al más allá a B, glorificar a C– se consiguió a partir de la múltiple combinación en el sortear. Tal actividad, la de combinar, fue dificilísima de concretar. Mas, no hay que olvidar que la Sociedad fue y es magnífica y sagaz. Te diré que es aminorar su virtud, pensar que conocer un placer o felicidad en particular es fábrica del azar únicamente. Más, la congregación de magnánimos evitó tal cuestión, a fin de no caer en el ridículo. Se valió de la sugestión y de lo mágico. Debió indagar y conocer el temor y el placer individual de la población. Contrató astrólogos y émulos de James Bond. Se valió de oráculos, epístolas anónimas, etcétera. Compiló y ordenó alfabéticamente la información.

Increíblemente no faltó la murmuración. La Sociedad, con su discreción habitual, no replicó explícitamente. Prefirió borrajear en la pared de la principal fábrica de la ciudad una declaración, en la que se refirió que la tómbola es la única y veraz interpolación del azar aquí, en el ámbito de lo terrenal, y postuló que, si aceptás el error no contradecís el azar, más bien lo corroborás. Y si bien no desautorizó a los oráculos, les negó cualidad oficial. Volví a leer tal argumentación la última vez que navegué por Internet y me metí en la página web de la Sociedad.

Tal afirmación apaciguó la inquietud pública. También, quizá sin querer, modificó con profundidad el espíritu y los métodos de la Sociedad. Te voy a explicar rápido, ya va a salir el tren y me las voy tener que picar.

Más allá de carecer de verosimilitud, jamás se pensó en teorizar el jugar. El babilónico no es de especular, más bien es de acatar los dictámenes del azar. Se va a entregar a él sin dudar ni pretender investigar su laberíntica ley. Mas, la declaración oficial que mencioné inspiró la gran discusión de condición jurídico–matemática. Así se conjeturó que, si la tómbola es la intensificación del azar, si es la periódica infusión de lo caótico. ¿Por qué el azar no está en la actividad total de la tómbola, en vez de tener únicamente un papel en el período inicial? ¿No es ridículo pensar que, si por azar hay que matar, las características de la defunción –la publicidad, el método a utilizar, etcétera– no estén también a raíz de el azar?

Al plantear la incógnita, se derivó en reformar con tal complejidad que únicamente el más cráneo logró comprender, mas yo te voy a intentar resumir simbólicamente.

Imaginá, según lo que salió en la tómbola, hay que matar a un perejil. Después, volver a sortear y así establecer quién lo va a destripar. Mas allí no ha de terminar la cuestión, hay que volver a sortear. Sortear con el fin de determinar con qué se lo va a achurar, sortear en qué lugar el chabón va a morir, sortear pa’ ver la posibilidad de reemplazar la adversidad por felicidad (encontrar un botín, quizá) o sortear con el fin de exacerbar la ejecución (se la podrá difamar o enriquecer –allí se necesitará torturar–). No hay que dejar de considerar la posibilidad de la negación del matador a cumplir con su misión… Así es, esquemáticamente, el proceder de la tómbola. En la realidad, el sortear es una actividad sin fin. No hay decisión única (ni unívoca), nomás ramificar y ramificar. Algún zapallón supondrá que la tómbola sin fin ha de requerir infinitud temporal. En realidad, ha de bastar con saber que lo que hay es la infinitud de división de lo temporal. Ya bien nos lo enseñó la famosísima parábola de la maratón que corrió la que vivió en Pehuajó. Tal infinitud va a condecir de manera genial con los excéntricos números del azar y con el Método Celestial de la Tómbola, que a los platónicos se les da por adorar.

También la tómbola ha de funcionar con lo impersonal, no sé con qué propósito. Llegó a decretar la colocación de un lapislázuli en el mar. Determinó liberar a un pájaro que voló por un ventanal. También, cíclicamente, añadir o sacar un cachitín del arenal de Madagascar. De lo que ha de resultar de tal actividad, mejor ni hablar.

A partir del accionar de la Sociedad, el vivir se saturó de azar. El comprador de diez ánforas de champán no se maravillará si en algún botellón de Chandón hay un talismán o una víbora yarará. El redactor de un papel judicial, jamás va a dejar de introducir algún error a propósito. Es más, yo también, en mi declaración, falseé algún esplendor, o atrocidad. Quizá algún monótono párrafo. El historiador babilónico, que es el más perspicaz, inventó un método pa’ corregir el azar. Es público que el proceder de tal método es (en general) verídico, mas el mentir no ha de faltar en su divulgación. Además, la ficción saturó y contaminó la historización de la Sociedad. La tómbola posibilitará la aparición de documentación paleográfica. No hay publicación sin alterar (ejemplar por ejemplar). El grupúsculo redactor juró en su actividad omitir, interpolar, variar. También, implícitamente, se ha de mentir.

La Sociedad se la rebuscó pa’ eludir la publicidad. Sus condiscípulos son anónimos. Sus órdenes, idénticas a las de cualquier impostor. Además, ¿quién se podrá jactar de ser un impostor? El borrachín que meó su pantalón, el soñador que, en un despertar súbito acabó con el vivir de su mujer. ¿No están a las órdenes de la Sociedad que les obligó a actuar así? Proceder con tal discreción, provocó la reflexión y se conjeturó. La conclusión más audaz insinuó que la Sociedad ha tiempo que dejó de existir y que el caótico vivir de la ciudad se heredó y es tradicional. También está la que juzgó a la Sociedad sin fin, y que perdurará nomás. Está la conclusión que planteó una Sociedad que, a pesar de tener la totalidad del poder, únicamente decidió influir en lo minúsculo; en el cantar de un pájaro, en el transitar de un ómnibus, en la luz del sol al amanecer. La conclusión más infeliz proclamó que la Sociedad jamás existió ni va a existir. Y la última, quizá la más vil, razonó que no hay mayor pelotudez que afirmar o negar la realidad de tal corporación. Y la verdad que sí, ¿no? ¿Qué te vas a gastar el cráneo? Si total, la ciudad babilónica no es más que el lugar en que se instaló el azar pa’ joder y jugar.

El que jamás vio

Sunday, October 15, 2006

Juro que no soy posmoderno

Después de consultar con mi analista, decidí hacerme un blog personal. Para inagurarlo paso a compartir un poema de mi autoría que se titula:


Metonimia
En el cielo, las estrellas;
En el campo, las espinas;
En los zaguanes, los enamorados;
En las panaderías, las facturas;
En las farmacias, las balanzas;
En las librerías, los fascículos;
En los sex-shops, los anticonceptivos;
En la playa, los bikinis;
En los aeropuertos, las azafatas;
En los moteles, los ceniceros;
En las canchas, los equipos;
En los casinos, la gente;
En las florerías, los floreros;
En el cine, las butacas;
En París, el Louvre;
En Nueva York, las Naciones Unidas;
En los colegios secundarios, los profesores;
En los prostíbulos, los secretos;
En Ediciones de la Flor, Caloi;
En el Cartón Network, Scooby Doo;
En Brasil, el Maracaná;
En el cuerpo, la epidermis;
En los chistes, los gallegos;
En los partidos de fútbol, la Coca Cola;
En Volver, la Coca Sarli;
En Austria, Schwarzenneger;
En las disquerías, los compactos;
En los bares, las mesas;
En el centro de mi pecho, un pulmotor.