Monday, October 06, 2014
Volviendo de las vacaciones
Thursday, September 17, 2009
Friday, September 04, 2009
Mi primera ilustración (¡Albricias!)
Monday, June 08, 2009
Veinticuatro cosas metafísicas sobre mi persona
[2] Tengo una novia que se llama Aneris y si uno lee su nombre al revés, leerá "Sirena".
[3] Mis referentes literarios son Stephen King y Jorge Asís y no leo poesía porque me aburre.
[4] Me gusta escuchar temas de Fernando de Madariaga, el Paz Martínez y María Marta Serralima.
[5] Publiqué un librito de cuentos horripilante llamado El pez por la boca come, hace mil años. Lo más raro de todo es que a mucha gente le gustó y hoy en día no me queda ni un solo ejemplar.
[6] Hasta hace poco, me fascinaban las historietas. Ahora no sé que me pasó que, cada vez que agarro una, no paso de la tercera viñeta.
[7] Durante ocho años, fui árbitro de fútbol.
[8] Soy ateo y supersticioso.
[9] En el 2007 recibí una mención de la Universidad Nacional de Rosario por se el mejor promedio de mi promoción en la licenciatura en letras. El diploma decía: "La Universidad Nacional de Rosario distingue a la Licenciada Walter Koza (...)".
[10] Conocí el mar a los treinta y dos años y, apenas lo vi, me deprimí; era más grande que yo.
[11] Tengo muro en facebook, msn y blog.
[12] No sé aprovechar muchas de las posibilidades que brinda este blog como ser poner fotografías, subir videos, etcétera.
[13] Tengo fobia a las ratas.
[14] En el 2005, me encontré cien pesos en el mes de enero y cien en febrero.
[15] No soporto que la gente use "el mismo", "la misma", "los mismos" o "las mismas" como deícticos. ¡No son pronombres, la reputísima madre que los parió!
[16] No sé por qué elegí poner veinticuatro cosas metafísicas sobre mi persona ni por qué los números que las ordenan están entre corchetes.
[17] Pienso que un mundo en el que existe la Coca-Cola y el guiso de lentejas no puede ser un mundo tan malo.
[18] Me psicoanalizo.
[19] No me gusta la pizza.
[20] Cuando era chico, mi familia me decía "Negro" y la gente del barrio, "Alemancito".
[21] Siempre sé a quién votar en las elecciones.
[22] Me gusta levantarme temprano, sobre todo los domingos para ir al bar a desayunar y leer el diario.
[23] Mido 1,87, peso 92 kgs., de cutis trigueño y ojos oscuros. No subí mi foto al blog porque no sé cómo se hace.
[24] A pesar de todo, creo que soy bastante normal y buena persona.
Tuesday, November 04, 2008
Casos de la vida real
Le fui infiel a mi esposo (un testimonio de la vida real)
Mi matrimonio no me estaba haciendo feliz así que, ¿por qué no mirar para otro lado en busca del amor? Testimonio de una mujer convertida por Dios.
Desde hacía tiempo venía notando que las cosas con mi marido no estaban marchando como deberían marchar. En realidad, creo que nunca marcharon. Me pregunto si alguna vez estuve enamorada de él. No sabría que contestar. Igualmente, hoy en día, si una llega a decir que está enamorada en seguida la tratan de boluda. Y la verdad es que yo, boluda no fui nunca. Lo digo sin agrandarme, sin hacerme la superada como Maitena. Ella es rubia, yo no lo soy.
Pero también es cierto que me estaba matando la curiosidad por saber qué es el amor. Necesitaba creer que estaba más allá de las canciones de Arjona o de Sabina. Por más que eso implicara (o implicase) quedar hecha una estúpida enamorada. Yo me casé virgen, con José, mi primer novio, y él nunca tuvo, lo que se diría, un gesto romántico. No sé lo que es recibir flores, ni escuchar que la persona que comparte con vos la cama te diga que te quiere. Nunca me regaló ninguna de esas tarjetitas con corazoncitos fluorescentes que ofrecen en los colectivos por unas monedas para que un pobre pueda comer o para ayudar a un hogar de rehabilitación de drogadependientes.
Nunca supe lo que es estar enamorada, nunca le conté a mis amigas que tal chico me había invitado a salir, ni que tal otro me había dicho que le gustaba. Nunca suspiré por los galanes de telenovelas ni estrellas de rock. No sé lo que es ponerse cursi y melosa como un fragmento de Rayuela y nunca me masturbé con la foto de Pablo Echarri. El amor parecía querer evadirse de mi ser y conducir indefectiblemente mi vida hacia el ocaso.
Hasta que un día conocí a Dios.
Caer en la tentación no debe ser algo prohibido. Es más, debería ser un mandamiento más, que esté junto con ese de “honrar a tu padre y a tu madre”. En su defecto, deberían sacar el de “no desearás a la mujer de tu prójimo”. Dios es amor y nunca va a condenar un sentimiento tan puro como ése, ames a quien ames. Dios es amor, de eso no tengo dudas. Y dudar, pueden creerme, no es saludable.
No me animo a decir que mi esposo haya tenido la culpa. Creo que no se daba cuenta. Nadie le había enseñado cómo debe portarse un hombre cuando contrae matrimonio. Siempre fue un tipo parco, no muy dado a la vida social ni al diálogo en la pareja. Nunca pude charlar el asunto con él.
Y era inevitable que un buen día, el deseo que yo creía dormido, en coma para ser más precisa, se despertara. No sé cómo, pero me di cuenta de que yo tenía que vivir. Era joven, linda, tenía todo por delante. Todo para ser feliz. Pero también, es cierto, lo primero que tenía en frente era a mi marido.
Ojo. No quiero ser malinterpretada, de buen grado hubiera focalizado todo ese deseo que me nacía de las entrañas con el hombre con el que me casé. Intenté hacerlo, traté de mirarlo de la mejor manera posible. Pero no hubo caso, mi marido no me calentaba y no creo que algún día llegue a producirme el más leve deseo. Mi marido es un buen tipo. Pero nada más que eso.
Empezaron las dudas, empecé a fijarme en otros hombres, en vecinos, en primos, los vendedores del mercado. Qué sé yo, miraba todos los tipos con los que me cruzaba. Me empecé a angustiar, quería ser feliz pero a la vez ser una señora de su casa. Quería ser más puta que Madame Bovary pero tan fiel como Penélope. Me desangraba en ese mejunje que tenía en la cabeza. Me di cuenta de que estaba convirtiéndome en una histérica.
Hasta que un día conocí a Dios.
Una mañana, comprendí que estaba perdida y necesitaba ayuda. Aunque sabía de su existencia, Dios nunca fue parte de mi vida. Pero en aquel momento lo necesité. Cuando José estaba en su trabajo yo me hinqué de rodillas en la cocina y le rogué al Señor que me iluminara. Que viniera a mí, a mi vida y a mi corazón. Y él vino.
Dios apareció y me llenó de dicha. Me hizo sentir la mujer más feliz de la tierra. Alumbró mi espíritu y me bendijo. Fui suya para siempre. Él supo darme lo que yo más necesitaba. Fui ramera y casta al mismo tiempo. Gocé como una perra en celo pero sin perder la dignidad. Dios me brindó un orgasmo supremo, digno de alguien como él. Un orgasmo sublime, colosal. Un orgasmo divino, como jamás había tenido.
Ahora espero el fruto de su amor. Sé que va a ser un chico. Un chico tan fuerte y tan buen mozo como él. José se queja y rezonga, pero sé que se le va a pasar y, es más, me va a ayudar a criar a mi hijo y al hijo de Dios.
Todavía no nos decidimos por ningún nombre, pero creo que Jesús va a estar bien.
Saturday, November 17, 2007
Diez indiecitos
Las frazadas disfrazadas
De cobijas cobijaban
Indiecitos enjaulados,
En fila india ordenados.
Pues cumplían duras penas;
Quince años de condena.
La justicia calavera
No chilló y dictó sentencia.
Sin llegar al genocidio
Cometieron homicidios.
Liquidaron siete viejas
Por dos platos de lentejas.
Sepultaron tres caudillos
Para hurtarles picadillo,
Cinco latas de morrones,
Sales gruesas, pimentones,
Mayonesas, mermeladas,
Una tarta de manzanas,
Chocolates, Mantecoles,
Y de maicena alfajores.
Y también asesinaron,
Ocho pares de escribanos,
Por negarles una audiencia.
Ni ocultaron la evidencia.
Y la poli en su pericia
Determinó con justicia:
Los finados; confinados,
A ataúdes sin laúdes,
Ya redondos, ya oblongos
Hacia el hondo bajo fondo.
Y los indios a las celdas.
¡Qué tremenda reprimenda!
Tantos años encerrados
Se volvieron mahometanos.
Practicaron el budismo.
Y también el judaísmo.
Y con esas religiones
Derivaron en mormones.
Ya después en protestantes,
Y más luego en atenuantes
Apostólicos romanos
Los católicos indianos.
Así fue que terminaron
Y sus vidas novelaron,
Alabando al Corpus Christi,
Por la autora Ágatha Christie.
Sunday, June 24, 2007
Máxima paso a paso
Se oye música.
Se oye poca música.
Se oye poca buena música.
Existe poca buena música.
Es poca, pero buena música.
Poca, pero muy buena.
Existen pocas cosas buenas.
Existen pocas cosas, pero buenas.
Existen pocas cosas, pero bueno.
Existen pocas personas buenas.
Son pocas las personas buenas.
Somos pocas las personas buenas.
Somos pocos los buenos.
Somos pocos, pero bueno.
Somos pocos.
Pocos como la música.
Como la música buena.
Y como las cosas buenas.
Lo bueno viene en frasco chico.
En uno grande sobraría espacio.
Porque lo bueno es chico.
Existen en cantidades limitadas.
Las cosas malas no.
Las cosas malas son muchas.
Hay muchas cosas malas.
Muchas, muchas, muchas.
Cantidades superfluas de cosas malas.
Existe un número superlativo de cosas malas.
Es un gran número.
Un número de muchas cifras.
Porque lo malo es grande.
No existe frasco alguno que pueda contener la maldad.
No existe un frasco tan grande.
Pero frascos malos sí existen.
De esos que se rompen enseguida.
Que son requetefrágiles.
Y no aguantan nada.
Y hacen que se derrame el contenido.
Y uno pierda lo que allí guardaba.
Y si era un frasco chico peor.
Porque seguro contenía algo bueno.
Un frasco chico no puede contener cosas malas.
Las cosas malas no vienen enfrascadas.
Las cosas malas andan libres.
Las cosas buenas están presas.
Y para colmo de males, en frasco chico.
Andan todas apretujadas.
Esperando que el frasco se abra.
O se rompa.
Y así poder ser libres.
Pero libres se vuelven malas.
Porque lo bueno viene en frasco.
Lo bueno viene en frasco chico.
Wednesday, May 23, 2007
En nombre del nombre
Joaquín Carmelo viene a ser solo un membrete
que le pusieron en la pila bautismal,
pero su nombre de combate es Barrilete
le cae al pelo, con su personalidad.
(Carlos Mejía Godoy, Quincho Barrilete)
Su nombre no era de los que podrían considerarse “raros” o exóticos. Pero tampoco se ubicaba de buenas a primeras entre los más comunes. Porque si bien es cierto que no se llamaba Nicéforo, ni Ermenegildo, ni Heliogábalo; tampoco se llamaba Luis, Pedro o Juan. En todo caso podríamos pactar que que su nombre se ubicaba cercano al límite que divide a los nombres habituales de los otros. Se llamaba Walter y tal nominativo fue producto de la improvisación paterna. Porque, luego de que Lidia Orellana diera a Luz un día antes del día de la lealtad en el sanatorio de
Afortunadamente el Registro Civil fue más discreto que el joven matrimonio Koza y les negó rotundamente ese atentado contra el buen gusto. Porque uno, ante todo, es un nombre. Lo demás es secundario. Nuestros títulos, prestigios o decadencias son nada más que aditivos con el que lo adornamos. Por eso, quizá no sea del todo osado suponer que el acto más digno, pero a la vez el más cruel, de nuestro padres sea el de elegir un nombre para sus hijos.
La negativa debió haberlo hecho vacilar al joven Mario Jesús, que en aquel octubre de mil novecientos setenta y seis contaba apenas con diecinueve años. Encima tenía que tomar una decisión y pronto. Detrás de él, la cola conformada por otros padres se impacientaba. Seguro le pidió consejo al empleado público y éste, fijándose en la lista, habrá dicho “Walter” y el padre asentiría con poca convicción pero con firmeza.
Walter. Walter Adrián. Walter Adrián Koza.
Varias veces Walter se preguntó si Walter era un nombre raro o común. Con el apellido no había tenido opción y nunca se inmutó por las burlas. Ni siquiera en la adolescencia, cuando éstas eran más crueles. Ni siquiera cuando daba clases en el secundario y después de presentarse como el profesor Koza escuchaba el acceso de risa disimulado en un carraspeo. Su apellido lo tenía sin cuidado, hasta le agradaba como sonaba. Tampoco había problemas con su segundo nombre, Adrián. A lo mejor, le parecía un tanto afeminado pero no le hacía mella. En todo caso le daba un simpático aire posmoderno y él prefería la franca superficialidad de lo posmoderno al esnobismo clasicista. No había inconvenientes con Koza, ni con Adrián. El problema de Walter estaba en Walter.
Y Walter la pasó mal por culpa de Walter un martes al anochecer, hace algunos años. Él había salido de la facultad con un ejemplar de
Se úbicó en el último de los asientos dobles, del lado del pasillo y de esa manera completó el máximo de pasajeros sentados. Los que iban subiendo se resignaban a viajar de pie.
El coche se fue llenando paulatinamente. Una joven rubia con sus correspondientes ojos celestes y una figura escultural subió en Urquiza, más o menos a la altura de Presidente Roca. Allí, el ómibus estaba casi colmado y le costó marcar la tarjeta. Pero luego de hacerlo, lo vio y sonrió como una modelo. “¡Walter!”, gritó desde aquel extremo del colectivo, “¡Ey, Walter!”. Walter se sorprendió y gratamente vio como la chica se encaminaba hacia donde él estaba, sorteando pasajeros y tratando de no perder el equilibrio en las bruscas maniobras que ejecutaba el chofer al conducir.
Tardó bastante en llegar, casi cinco cuadras. Walter se reprochaba no acordarse en absoluto de ella, que a medida que se acercaba parecía ser más linda y agregar una hilera de dientes a su sonrisa. Cuando el encuentro se hacía inminente, él se preparaba para pararse y cederle el asiento. Fingiría en los primeros instantes. No le diría que no se acordaba quién era. Confiaba en que, al avanzar la conversación, su memoria se fuera refrescando.
Walter ya tenía las manos en espaldar del asiento de adelante y hasta esbozó una sonrisa a la rubia, quien, sin prestarle la más mínima atención, le estiró la trompa al tipo que estaba sentado del lado de la ventanilla y lo saludó con un caluroso beso en la mejilla derecha.
Nadie se dio cuenta pero Walter enrojeció de vergüenza y durante días pensó en el papelón que podía haber protagonizado. Cada vez que relata este acontecimiento, rememora los latidos acelerados del corazón y la conversación del segundo Walter, el afortunado, con la rubia. Uno de ellos había comenzado un curso en
Sunday, April 01, 2007
De cómo Sofío da muestras de grandes capacidades olfativas
—Me parece que tiene que levantar la nota mijito –dijo la maestra Mariela a su alumno Sofío, utilizando un leve, aunque inconfundible tono de ironía.
Sofío se agachó lo suficiente como para que sus manecillas de niño inocente alcanzaran el suelo y recogió el papel que se le había caído. Acto seguido, plegándolo cuidadosamente se lo guardó en uno de los bolsillos laterales del guardapolvos.
—Ya está –dijo–, ya la levanté.
—No me refiero a ese tipo de nota.
—¿A qué tipo se refiere entonces? –inquirió Sofío.
—Otro tipo. Ese, al que tú te has referido recién, dejó de tener importancia.
—Ah, bueno –dijo Sofío y tiró al piso la esquela.
—¡Levanta esa nota inmediatamente! –gritó la maestra y su alumno obedeció.
—No la entiendo miss Mariela –dijo Sofío tratando de disimular su mal humor–. Hace un rato me dijo que la nota no tenía importancia.
—No me has entendido, dije que «ese» tipo de asuntos no tiene importancia –contestó la docente y agarró a Sofío de los hombros en actitud desesperada–. Lo que a mí me importa son otros tipos, ¿me entiendes? ¡Otros tipos!
—¡Mariela! –gritó la profesora de Asuntos Internos, señorita Gibraltasia, que justo en esos momentos pasaba por allí realizando su ronda matutina para comprobar que todo estuviese en orden.
—¡Gibraltasia! –contestó al grito de su colega la maestra de Sofío–. Esto puedo explicártelo. No es lo que piensas.
—¿Te parece bonito andar ventilando tus asuntos con los tipos? –la docente de Asuntos Internos entró al aula blandiendo su regla reglamentaria que utilizaba para propinar reglazos a todos aquellos que alterasen el orden en la alta casa de estudios, Colegio San Rocco–. ¡Y encima a tus propios alumnos!
—¿Por qué pluralizas tanto? –quiso saber Mariela– ¿Por qué dices mis “propios alumnos” si en realidad tengo a uno sólo; Sofío? –y señaló al niño–. Los demás ya se fueron a sus casas, a este lo dejé después de hora.
—No tengo por qué contestarte eso, yo sólo respondo ante
—No viene al caso –dijo la maestra de Sofío–. Además yo no estoy ventilando nada.
Sofío, en forma muy disimulada se apartó de las docentes y llegó hasta una de las ventanas del salón. Con minuciosidad la abrió de par en par. “Ya que miss Mariela no quiere ventilar nada –pensó–, por lo menos yo voy a ventilar el salón. Algo huele mal en Dinamarca.”
—¡Qué sentido del olfato tienes, Sofío! –exclamó Mariela como si hubiese leído el pensamiento de su alumno– Percibir los olores dinamarqueses desde aquí es algo fuera de lo común.
—¿Cómo supo que yo había olido... —quiso saber Sofío, pero no pudo terminar de formular la pregunta a causa de la más que inoportuna interrupción de la profesora de Asuntos Internos.
—¡Basta de cháchara! –dijo Gibraltasia– Esta vez has ido demasiado lejos Mariela, voy a tener que informar a mis superiores.
Y sin más, giró sobre sus talones y salió del aula.
—¡Gibraltasia nooo! –gritó Mariela y se fue tras su colega, dejando a su alumno completamente solo.
Entonces Sofío aprovechó para hacer las travesuras típicas de todo niño de su edad.
Primero se cercioró de que no hubiese nadie en los pasillos y luego fue al escritorio de la maestra y buscó su cartera. Cuando la encontró la abrió y extrajo de ella un teléfono celular y marcó la característica de Dinamarca y después un número de ocho cifras compuesto por dígitos completamente azarosos. Cuando atendieron, él preguntó si allí había algo que oliera mal (Sofío dominaba todo tipo de dialectos daneses). Le contestaron que en los últimos días se había congestionado el sistema de cloacas y también se hablaba de ciertos casos de corrupción que empañaban el prestigio de ese país pero que, más allá de eso, las cosas se desenvolvían con normalidad. Conforme con eso, Sofío cortó el teléfono y se puso a curiosear en la cartera de la maestra. Encontró una revista de crucigramas, una caja de pastillas para adelgazar y otra con anticonceptivos. Prolijamente intercambió el contenido de ambas cajas y las dejó en el mismo lugar de donde las había sacado. Como Mariela seguía sin aparecer, tomó un lápiz y, fijándose con atención en las soluciones, completó los juegos que traía la revista de crucigramas y hasta se dio el lujo de corregir dos respuestas erróneas que había puesto su maestra.
Diecisiete segundos después apareció Mariela cogida del brazo de la profesora de Asuntos Internos. Ambas se veían tranquilas y relajadas.
—Muy bien mijito –dijo Mariela–, ya puedes irte y no olvides entregarle la nota a tus padres.
—No señorita –contestó Sofío con la típica sonrisita de niño bueno. Un angelito de criatura.
Cuando se fue, Gibraltasia acarició la oreja derecha de Mariela y le dijo:
—Bien querida, ahora podemos continuar con lo nuestro.
Tuesday, January 23, 2007
Pérez Menardinho, autor de "Almacenero asaltado dos veces en un día"
Rechazando vetustos procedimientos textuales que simplemente se limitan a copiar imperfectamente retazos de una realidad aciaga, desanquilosando el arte literario, cautivo de meros estereotipos taciturnos; la producción de un joven poeta se erige en el firmamento de las nuevas letras vanguardistas. Xavier Joao Pérez Menardinho, oriundo de Boa Vista, acaba de sorprendernos con un nuevo poema de su autoría; “Almacenero asaltado dos veces en un día”.
Nosotros, quienes realizamos la revista de crítica cultural Vanguardia e Identidade, nos sentimos verdaderamente honrados al compartir una charla exclusiva —ya que ningún otro medio solicitó entrevista—, con el maestro. Después de concluir su cuarto libro de poemas, A gruta da garota, Pérez Menardinho se tomó un tiempo para nutrirse de los más frescos exponentes de la literatura contemporánea, y a estos, no los encontró en arcaicos volúmenes ocultos en polvorientas bibliotecas, ni en húmedas y desagradables librerías de viejo (nombre que anticipa lo único que se puede llegar a encontrar; vejez). Sino que por el contrario, nuestro joven poeta halló la fuente de inspiración, nada más ni nada menos que en periódicos informativos, en las populares gacetas que con igual ahínco nos informan sobre las peripecias gubernamentales y sobre los resultados de los encuentros futbolísticos. Luego de hacerse de varios ejemplares, Pérez Menardinho comenzó con su inigualable proceso de escritura.
—La realidad es unívoca —declara el joven poeta—, carente de sorpresas, mi visión artística le adiciona esa pizca de pasión que necesita para no convertirse en un simple y aburrido círculo de rutina.
Participante activo del movimiento vanguardista brasileño, Pérez Menardinho es uno de los precursores del “dadaísmo” en el territorio sudamericano. Bajo el ala del manifiesto redactado por Tristán Tzara, purgó una de las obras más originales de todos los tiempos.
“Almacenero asaltado dos veces en un día” fue confeccionado mediante la técnica del recorte de palabras de diarios, procedimiento de lo más trasgresor y a la vez, de lo más sofisticado.
—Tomé un periódico —nos contaba Pérez Menardinho—, tomé unas tijeras. Escogí en el periódico un artículo que tuviera la longitud que yo deseaba darle a mi poesía. Recorté el artículo. Recorté después con cuidado cada palabra que formaba ese artículo y las puse en un cartucho.
De pronto, el poeta dejó de hablar y clavó su vista en el atardecer que se mostraba en una de las ventanas, como dejando el silencio que se deja antes de anunciar una sentencia máxima. Finalmente, Pérez Menardinho suspiró y nos confesó:
—Las tijeras estaban desafiladas. ¡Me costó un horror cortar esas palabras! Pero lo cierto es que lo hice, sí señor. Y luego de colocarlas en el cartucho agité suavemente para luego abrirlo y sacar las palabras una tras otra, disponiéndolas en el orden en el que las había sacado, las copié concienzudamente... Y la poesía se apareció ante mí.
Pero aquí no termina la cuestión, no podemos dejar de advertir el importante papel que jugó el azar en la confección del poema. Pues, grande sería la sorpresa de Pérez Menardinho al descubrir que las palabras iban surgiendo, exactamente en el mismo orden que el artículo periodístico. De este modo, poesía e información confluyeron en dos enunciados idénticos pero diferentes.
Es una revelación cotejar el “Almacenero asaltado dos veces en un día” de Pérez Menardinho con el del anónimo cronista. Éste, por ejemplo, escribió:
“En la segunda ocasión, el maleante de veintisiete años se dio a la fuga llevándose consigo ciento veinte cruceiros, una caja de galletas de chocolate, dos latas de anchoas, un kilo y medio de jamón crudo y varios artículos de panificación.”
Redactado en forma apresurada y despreocupada, sin ningún criterio estético, el aburrido reportero da una simple enumeración de las cosas robadas. Menardinho, en cambio, escribe:
“En la segunda ocasión, el maleante de veintisiete años se dio a la fuga llevándose consigo ciento veinte cruceiros, una caja de galletas de chocolate, dos latas de anchoas, un kilo y medio de jamón crudo y varios artículos de panificación.”
¡La más sublime mirada a la situación de un desposeído que se ve obligado a delinquir para poder subsistir en una sociedad implacable!
Vaya a saber qué capricho del destino jugó en la elaboración de un poema para que las palabras coincidiesen en su totalidad y Pérez Menardinho se transformara en un escritor infinitamente original y dotado de una sensibilidad encantadora aunque, desde luego, sin lograr la comprensión de la gente vulgar.
Pero ese no fue el peor de los males, la gente vulgar no solo no lo comprendió, no se conformó con eso. También lo condenó y aplicando todo el rigor de la ley. Porque no fueron los chapuceros de siempre que se jactan de ser críticos literarios (¡Cínicos literarios a nuestro entender!), sino que el mismísimo poder judicial fue el encargado de dictaminarle la sentencia a nuestro escritor y héroe.
Y así, justamente en lo más interesante de su oratoria, un guardia entró a la sala de visitas de la cárcel estatal de Sao Pablo, donde el poeta dadaísta se haya recluido cumpliendo una condena de veinte años de prisión, luego de que la corte fallara a favor del periódico que lo acusó de plagio.
Sin poder permanecer más tiempo, le estrechamos la mano y nos retiramos, no sin antes dejarle un paquete de cigarrillos y un poco de yerba mate y sabiendo que, más allá de los barrotes, nosotros encontramos a Pérez Menardinho verdaderamente simpático.
Wednesday, January 03, 2007
Una vida perfectamente normal
En mi corazón se albergaba un sentimiento recíproco. Por un lado estaba Leticia a quien amaba con extremo frenesí y, por otro, la madre a quien aborrecía con el odio más despreciable que ser humano pudiera tener. A su vez ambas mujeres correspondían a mi sentimiento de la misma manera: Leticia me juraba que no podía vivir sin mí y la madre, cada vez que me veía, se lamentaba no tener a mano un matagatos o alguna piedra de tamaño mediano para arrojarme.
Como no podía ser de otra manera tomé la mejor de las decisiones. Después de visitar durante años a Leticia, me casé con su madre y llevé a las dos mujeres a vivir conmigo. Así, durante el día, castigaba duramente a mi esposa y por las noches me metía en la alcoba de mi hijastra para satisfacer mis deseos más lujuriosos.
No podía echar a perder una ambigüedad tan intensa como la de Leticia y su madre, pues ésta me proporcionaba los extremos necesarios que precisa todo hombre equilibrado que se precie de tal.
Thursday, November 16, 2006
Thursday, November 09, 2006
La llave maestra
La llave maestra
—Bueno niños –dijo la llave maestra–, hoy vamos a repasar lo de la clase anterior, es decir, los números primos.
Todos los alumnos sacaron su libro de Matemática y lo abrieron en la página cincuenta y cuatro.
—Veamos... –titubeó la llave maestra mirando de un extremo a otro del salón–. A ver, a ver... A ver Cerradura, ¿qué me puede decir de ellos?
—Y... –Cerradura pensó unos instantes antes de dar su respuesta–. Que sus padres son los números tíos.
—¡Muy bien! –elogió la llave maestra–. ¿Y los demás?
—Sus tíos son los números padres –Dijo Picaporte, la niña más aplicada del curso.
—¡Los números primos son hermanos entre sí y primos de los números hijos! –exclamó Portal, el más gordito.
—Son los números sobrinos de los números padres –acotó Ventanilla, la más prolija.
—Uno de los números cuñados sale con la más chica de ellos –informó Mirilla, la más chismosa de la clase.
—¡Muy bien chicos, muy bien! Los felicito. –la llave maestra se deshacía en elogios– ¿Y usté Puerta, que no abrió la boca para nada, qué sabe de los números primos?
—Son los números divisibles únicamente por uno y por sí mismos –contestó Puerta, el más callado del grado.
—Humm... Esa respuesta me parece un tanto metafísica. ¿Podría decirlo con sus propias palabras?
Acto seguido Puerta habló en un idioma de su invención y utilizó palabras completamente de su autoría.
—Así me gusta –le dijo la llave maestra–. Tiene diez.
—Sí señorita, pero mañana cumplo once.
Tuesday, October 31, 2006
FE DE ERRATAS
- En el tercer párrafo, en la última oración, en donde dice
Debe leerse:
"Allí jamás medité en tal institución del azar; hoy, que ya no estoy más, se me dio por pensar"
- En el último párrafo, en donde dice:
"Está la conclusión que planteó una Sociedad que, a pesar de tener la totalidad del poder, únicamente decidió influir en lo minúsculo; en el cantar de un pájaro, en el transitar de un ómnibus, en la luz del sol al amanecer."
Debe leerse:
"Está la conclusión que planteó que la Sociedad, a pesar de tener la totalidad del poder, únicamente decidió influir en lo minúsculo; en el cantar de un pájaro, en el transitar de un ómnibus, en la luz del sol al amanecer."
Eso es todo, creo, si descubren alguna otra "gravedad", por favor avisen.
Tuesday, October 24, 2006
La tómbola en la ciudad babilónica
La tómbola en la ciudad babilónica
Al igual que cualquier mortal de la ciudad babilónica, fui rey y fui peón. Fui Gardel, fui ratón. Fui bacán, fui buchón. Fui sultán, fui botón. Fui pachá y bufarrón. Conocí las cárceles y el desamor. También fui mujer. Total, acá da igual. Podés ser animal, zapallón, o a lo mejor un gran profesor. (Discépollo lo corroboró). Mirá, me corté un índice, ¿y qué? Mirá, me tatué en el estómago, en la zapán, el símbolo Beth y la verdad no entendí por qué. Ni te sé decir que es el Beth, ni el Aleph. Nomás fingí entender y así parecer más fifí. ¡Ah! Mas conocí lo que ningún filósofo helénico va a conocer jamás (ni en el más allá): el no saber, el ignorar. Yo aprendí a dudar.
Cambiar fue mi religión. Fui católico, musulmán, mormón. Recé el Corán, leí
Te voy a contar el por qué de mi situación de fluctuar y fluctuar. Yo viví (ya no), en la ciudad babilónica, que, cual gran kermés, se dedicó a ejercer el control a partir de la tómbola. No me calenté por conocer su fundamentación histórica. No sé con qué fin está. Mas, en mi nación, la tómbola es la principal realidad. Allí jamás medité en tal institución del azar; hoy, lejos de la ciudad, se me dio por pensar.
Mi papá me contó que la situación inicial no fue de éxito. Comenzó cual típica diversión de chantún. Me refirió, no sé si con verdad, que el cupón pa’ jugar comenzó vendiéndose en el lugar en el que, por lo común, te vas a rapar. El ganador beneficiábase, sin más corroboración del azar, un simpático dineral. El proceder fue elemental, ya lo ves.
Y así fue que tal tómbola fracasó. Su virtud moral no existió. No se dirigió a la total facultad del mortal, únicamente a su fe de poder triunfar. La sociedad que fundó la tómbola comenzó a perder parné. A fin de revertir tal situación, se optó por variar un poquitín. Se adicionó a la satisfacción de ganar, el garrón de perder. Consistió en proponer en el sortear, la posibilidad de pagar en vez de recibir. Sacar diez números de favor y un número fatídico. Así, el interés del público se despertó y hoy, ya son fanáticos de la tómbola. “Si querés venir a vivir a la ciudad babilónica, ¡tenés que comprar un cartón y jugar a la tómbola! Te saldrá un doblón o a lo mejor tres; con símbolos numéricos, grafemáticos o de los dos. Ya sabés, podés ganar o no, mas te divertís un montón.”, se cantó en la publicidad radial. En mi nación, no jugar fue fatal; fue de maricón, de pusilánime, de cagón. Después, tal desdén se duplicó: se despreció al no jugador, y también al perdedor. “Si pagás sos un boludón”, se gritó por allí.
Al final, se dejó prácticamente de publicar la enumeración del capital a pagar y se pasó a dar a conocer, así nomás, el período a pasar en el buzón por poseer números de adversidad. Lo que en primer lugar no se advirtió fue importantísimo; fue la aparción inicial en la tómbola de fenómenos con excepción de cash. El éxito; espectacular. La población se copó y pidió más.
Cualquier pelandrún ha de saber que los de la ciudad babilónica son fanáticos de la lógica, aun de lo simétrico, y tomó cual estupidez cobrar o parar a prisión únicamente por sacar un número. Una confraternidad moral razonó que poseer un dineral no ha de implicar felicidad en cualquier ocasión. “¡Más mejor es tener salud, amor o los dos!”, clamó.
La inquietud también cundió en el arrabal. El ricachón podíase divertir con la tómbola; el pobretón, the small black head, únicamente ver y soportar la exclusión. Tal cuestión inspiró la mayor agitación que vivió la ciudad babilónica. Se pidió la libertad de participación en la tómbola. Un cusifai se afanó un cupón y en el sortear le tocó pasar un mes en el buzón. La ley fue idéntica: “Guardar un mes en prisión al ladrón de un cartón.” La parcialidad babilónica fanática de lo legal exclamó que al ladrón se debió castigar por robar. Los demás, magnánimos, por la simplísima actividad del azar. Igual, el chabón se jodió. La mayor multitud que se vio jamás se movilizó. Se repartió algún biandún, se camorreó, se amasijó a un pelandrún con berretín de bacán y a un botón, buchón de la patronal. Mas, la población logró imponer su voluntad y se consiguió con plenitud tan democrático fin. En primer término se logró la aceptación de
Utópico fue pretender calcular lo que determinó la tómbola en su devenir. Según el azar, se posibilitó acceder a gozar cualquier placer. Qué sé yo; comer con Marechal en lo de Arcángelo, lograr que te encamés con
Increíblemente no faltó la murmuración.
Tal afirmación apaciguó la inquietud pública. También, quizá sin querer, modificó con profundidad el espíritu y los métodos de
Más allá de carecer de verosimilitud, jamás se pensó en teorizar el jugar. El babilónico no es de especular, más bien es de acatar los dictámenes del azar. Se va a entregar a él sin dudar ni pretender investigar su laberíntica ley. Mas, la declaración oficial que mencioné inspiró la gran discusión de condición jurídico–matemática. Así se conjeturó que, si la tómbola es la intensificación del azar, si es la periódica infusión de lo caótico. ¿Por qué el azar no está en la actividad total de la tómbola, en vez de tener únicamente un papel en el período inicial? ¿No es ridículo pensar que, si por azar hay que matar, las características de la defunción –la publicidad, el método a utilizar, etcétera– no estén también a raíz de el azar?
Al plantear la incógnita, se derivó en reformar con tal complejidad que únicamente el más cráneo logró comprender, mas yo te voy a intentar resumir simbólicamente.
Imaginá, según lo que salió en la tómbola, hay que matar a un perejil. Después, volver a sortear y así establecer quién lo va a destripar. Mas allí no ha de terminar la cuestión, hay que volver a sortear. Sortear con el fin de determinar con qué se lo va a achurar, sortear en qué lugar el chabón va a morir, sortear pa’ ver la posibilidad de reemplazar la adversidad por felicidad (encontrar un botín, quizá) o sortear con el fin de exacerbar la ejecución (se la podrá difamar o enriquecer –allí se necesitará torturar–). No hay que dejar de considerar la posibilidad de la negación del matador a cumplir con su misión… Así es, esquemáticamente, el proceder de la tómbola. En la realidad, el sortear es una actividad sin fin. No hay decisión única (ni unívoca), nomás ramificar y ramificar. Algún zapallón supondrá que la tómbola sin fin ha de requerir infinitud temporal. En realidad, ha de bastar con saber que lo que hay es la infinitud de división de lo temporal. Ya bien nos lo enseñó la famosísima parábola de la maratón que corrió la que vivió en Pehuajó. Tal infinitud va a condecir de manera genial con los excéntricos números del azar y con el Método Celestial de
También la tómbola ha de funcionar con lo impersonal, no sé con qué propósito. Llegó a decretar la colocación de un lapislázuli en el mar. Determinó liberar a un pájaro que voló por un ventanal. También, cíclicamente, añadir o sacar un cachitín del arenal de Madagascar. De lo que ha de resultar de tal actividad, mejor ni hablar.
A partir del accionar de
El que jamás vio
Sunday, October 15, 2006
Juro que no soy posmoderno
Metonimia
En el cielo, las estrellas;
En el campo, las espinas;
En las panaderías, las facturas;
En las farmacias, las balanzas;
En las librerías, los fascículos;
En los sex-shops, los anticonceptivos;
En la playa, los bikinis;
En los aeropuertos, las azafatas;
En los moteles, los ceniceros;
En las canchas, los equipos;
En los casinos, la gente;
En las florerías, los floreros;
En el cine, las butacas;
En París, el Louvre;
En Nueva York, las Naciones Unidas;
En los colegios secundarios, los profesores;
En los prostíbulos, los secretos;
En Ediciones de
En el Cartón Network, Scooby Doo;
En Brasil, el Maracaná;
En el cuerpo, la epidermis;
En los chistes, los gallegos;
En los partidos de fútbol,
En Volver,
En Austria, Schwarzenneger;
En las disquerías, los compactos;
En los bares, las mesas;
En el centro de mi pecho, un pulmotor.


